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Cumplir sueños o vivir con propósito

  • Foto del escritor: Lorenza Saldarriaga Tomic
    Lorenza Saldarriaga Tomic
  • 7 jul
  • 4 min de lectura


¿Cuántas veces has alcanzado una meta que perseguiste durante años —el ascenso, el viaje soñado, la casa, la relación "perfecta"— y sentiste que la felicidad duró apenas unos días?


Si te ha pasado, no es que algo esté mal contigo. Es que estás pidiéndole a un sueño mundano algo que no le corresponde entregar: la felicidad permanente.


Hoy quiero mostrarte la diferencia entre dos fuerzas que muchas veces confundimos —el sueño y el propósito— y, sobre todo, por qué necesitas de las dos para vivir una vida plena.


1. El Sueño: una proyección del Ego


Un sueño o una meta mundana es, en esencia, un objeto de deseo. Es egocéntrico por naturaleza: nace de esa parte de la mente que se identifica con lo que tiene, lo que logra y lo que muestra.


El cerebro busca el sueño porque está programado para la gratificación y la estimulación sensorial.


Los sueños activan el circuito de la dopamina, la neuroquímica del "quiero más". El problema es que, una vez alcanzado el objetivo —el carro nuevo, el viaje de lujo, la silueta soñada—, el estímulo desaparece y la dopamina cae. Nos acostumbramos rápido a lo que conseguimos, y el deseo simplemente busca un nuevo objeto.


En otras palabras: el sueño es una fantasía de adquisición. Es pensar "cuando tenga ese estatus, esa relación o ese viaje, seré feliz". Pero el sueño es un estado limitado por el tiempo; eventualmente se cumple, se desgasta o muere. Te entrega el objeto, pero no la satisfacción duradera.


2. El Propósito: una construcción transpersonal 


El propósito no es algo que se "encuentra" tirado en el camino; se construye. Es dedicar la vida a algo que te trasciende, que expande tu conciencia más allá de la ilusión del ego. Está ligado a la virtud, al servicio y al impacto en quienes te rodean.


El propósito no activa la dopamina efímera del deseo, sino la serotonina y la oxitocina: los neurotransmisores del bienestar a largo plazo, la calma y la conexión profunda (el verdadero sattva). La felicidad genuina no proviene de estímulos externos, sino de vivir con sentido y autonomía.


En otras palabras: No se trata de qué le vas a sacar a la vida, sino de qué vas a sembrar en ella. Es un conector que te vincula con el bienestar, la gratitud, la compasión, el amor, a nivel universal.



Entonces… ¿debo renunciar a mis sueños?


Aquí quiero detenerme, porque es el punto que más confusión genera.


No. Los sueños mundanos no son el enemigo.


Tener metas claras, un trabajo estable, logros materiales, una vida ordenada, relaciones sólidas con tu familia y tus amigos: todo esto te da algo fundamental que el propósito, por sí solo, no puede ofrecerte de la misma forma: seguridad y estructura.


Sin un piso firme —sin ingresos, sin salud cuidada, sin una vida cotidiana segura— es muy difícil sostener cualquier búsqueda espiritual o cualquier propósito superior. Necesitamos ambas cosas.


El problema no es tener sueños. El problema es pedirle a esos sueños algo que no pueden dar.

Cuando le exigimos al trabajo, al reconocimiento, al dinero o incluso a la familia y los amigos que nos "hagan felices", estamos pidiéndole peras al olmo. Ningún logro externo tiene la capacidad de sostener tu bienestar interior de forma permanente. Esa no es su función.


La función del sueño es darte el soporte: la estructura que te permite estar tranquila, ordenada y con los pies en la tierra para, desde ahí, poder sostener tu crecimiento espiritual y caminar hacia un propósito más amplio.


El propósito, en cambio, es lo que llena ese soporte de sentido. Es lo que hace que, incluso en medio de la estructura —el trabajo, la rutina, las responsabilidades—, sientas que tu vida está orientada hacia algo que te trasciende.


Dos caras de una misma moneda


A un nivel profundo, sueño y propósito no están realmente separados. Toda meta mundana bien vivida puede convertirse en un vehículo de propósito, y todo propósito necesita, tarde o temprano, tomar forma concreta en el mundo material.


Pero al principio del camino —cuando recién estamos aprendiendo a distinguir entre lo que hacemos por vacío y lo que hacemos por plenitud— suele ser más útil observarlas por separado. Esa distancia nos da claridad. Con el tiempo, y a medida que profundizas en tu proceso interior, vas desarrollando el discernimiento necesario para integrarlas sin perderte en ninguna de las dos.


Una reflexión para esta semana


La próxima vez que persigas una meta, hazte esta pregunta:


¿Siento que si logro esta meta, puedo ser más feliz?¿Hay una parte de esto que persigo para llenar un vacío?¿Lo hago para construir solidez en mi vida como soporte para un propósito mayor? ¿A cuántas personas o seres beneficia? Y… si agrego tiempo y distancia hacia el futuro, ¿Cómo afectan estos cambios a todo mi entorno? 


No hay una respuesta correcta. Solo observación e introspección.


Porque cuando aprendes a diferenciar entre lo que necesitas para sostenerte y lo que necesitas para trascenderte, dejas de exigirle a la vida cosas que no te puede dar, y empiezas a construir una existencia donde ambas —el sueño y el propósito— trabajan juntas a tu favor.


 
 
 

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