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¿De qué sirve cuidar tanto lo que comes si tus palabras envenenan?

  • Foto del escritor: Lorenza Saldarriaga Tomic
    Lorenza Saldarriaga Tomic
  • hace 5 horas
  • 3 min de lectura

Sé que cuidas lo que metes en tu cuerpo. Lo sé porque yo también lo hago, y porque las mujeres con las que trabajo lo hacen. El matcha orgánico, el magnesio, las sábanas de algodón egipcio, los podcasts de bionutrición. Nos tomamos muy en serio lo que entra.

Pero hoy quiero preguntarte algo: ¿le pones el mismo cuidado a lo que sale?

Porque hay una cosa que hacemos casi todas, y que rara vez nombramos: lanzamos daño disfrazado de “aquí no ha pasado nada”.
Un comentario "con buena intención" sobre el negocio de otra. Un "te ves divina, se nota que te relajaste con la dieta". Una ironía al marido al llegar a casa. Un silencio en la cena que dice más que un insulto.
No lo hacemos porque seamos malas personas. Lo hacemos porque no somos completamente concientes del año que causamos, que eso también duele, y que duele de verdad, no metafóricamente.

La neurocientífica Naomi Eisenberger lo comprobó con resonancias magnéticas: el cerebro procesa las palabras hirientes en la misma zona que procesa el dolor físico. La misma. Cuando lanzas un dardo disfrazado, estás activando el circuito del dolor en el sistema nervioso de quien te escucha. Y en el tuyo propio, porque el cortisol no distingue si eres quien lo recibe o quien lo dispara.

Marshall Rosenberg, que dedicó su vida a estudiar cómo nos hacemos daño con el lenguaje, decía algo que a mí me cambió la forma de verme y escucharme: todo juicio que lanzamos hacia afuera es, en el fondo, una necesidad nuestra que no sabe cómo pedir lo que necesita.

Cuando le dices a tu socia "contigo no se puede, siempre incumples", no estás siendo honesta. Estás atacando porque algo en ti necesita ser atendido, y no sabe pedir de otra manera. El problema es que el ataque solo genera más distancia, más contraataque, más ruido. Y te aleja más de lo que querías conseguir.

Lo que yo trabajo con mis clientas, y lo que me funciona a mí en los momentos en que siento que voy a explotar, es esto: antes de abrir la boca, hacer tres preguntas:

¿Qué está pasando exactamente? No lo que interpretas, lo que pasó. Mi socia llegó 15 minutos tarde y no trajo el informe. Eso es todo. Sin adjetivos, sin película.
¿Qué necesito yo en este momento? ¿Eficiencia? ¿Que me respeten el tiempo? ¿Sentirme segura antes de la presentación? Cuando encuentras eso, el enojo cambia de forma.
¿Puedo pedir lo que necesito sin atacar? "Para mí es importante llegar preparadas al cliente. ¿Podemos revisar el informe juntas mañana a primera hora?"

Es entrenamiento. Y como todo entrenamiento, empieza con una sola repetición.

Esta semana, cuando sientas ese impulso de lanzar el dardo, haz la pausa. Solo eso. No tienes que ser perfecta, tienes que estar presente.
A veces la conversación más transformadora no es la que tienes con los demás. Es la que tienes contigo misma dos segundos antes de hablar.

Y hay algo que me parece importante tener siempre presente: cuidar lo que sale de tu boca no es un ejercicio espiritual rarito, ni simplemente una técnica de desarrollo personal. Es la herramienta más accesible, más inmediata y más poderosa que tenemos para construir la paz que todas queremos. En tu casa, en tu equipo, en tus relaciones. No necesitas un retiro, ni un curso, ni condiciones perfectas. Solo necesitas la intención clara de no hacer daño, y la voluntad de elegir tus palabras con el mismo criterio con el que eliges lo que pones en tu cuerpo.

Eso está al alcance de todas. Hoy. En la próxima conversación.

 
 
 

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