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Papá no es un monstruo, tampoco un dios.

  • Foto del escritor: Lorenza Saldarriaga Tomic
    Lorenza Saldarriaga Tomic
  • 13 jun
  • 3 min de lectura

¿Éxito profesional impecable, una agenda bajo control, pero un cortocircuito emocional cada vez que piensas en papá? 

Es hora de colgar el traje de la "hija perfecta". A veces pensamos que sanar el vínculo paterno es perdonar como si fuéramos santos o quedarnos en el resentimiento. Pero hay otros caminos que pueden darnos más claridad interior: el bienestar no depende de que él cambie, sino de que tu sistema nervioso deje de reaccionar ante su fantasma. No necesitas un milagro, necesitas bajar al héroe o al villano del pedestal y aprender a gestionar la realidad de un hombre que fue humano, limitado y sin superpoderes, para que por fin, la dueña de tu vida seas tú. 


Cuando una mujer exitosa me dice en consulta que "puede con todo", yo no veo superpoderes. En nuestra cultura latina, venimos de linajes de mujeres increíblemente fuertes pero profundamente solas. Nos convencemos de que tenemos un carácter fuerte, pero en realidad, cuando el vínculo original con papá es inadecuado, buscamos adaptarnos lo mejor que podemos, muchas veces con un “blindaje” de perfección que crea una distorsión en la imagen de nosotras mismas, dificultades en las relaciones interpersonales y un cuerpo cansado que grita con dolores y enfermedad.


Para transformar esa imagen de papá, necesitas bajarlo del pedestal (ya sea el del héroe infalible o el del villano de tu historia) y mirarlo a la altura de los ojos, como un humano, en su propio laberinto:


Tu padre no fue un monstruo ni un Dios; fue un niño en un entorno en el que, como tú, tuvo unas condiciones específicas. Creció en un sistema que castraba la vulnerabilidad de los hombres, donde el valor de un varón se medía exclusivamente por su capacidad de proveer y donde el trauma de la escasez, la rigidez o la distancia emocional eran las únicas herramientas disponibles para sobrevivir.


Él no te dio el reconocimiento o la validación que hoy buscas replicar a través de tu éxito profesional; te dio la versión de amor que su propio sistema nervioso, limitado y acorazado, le permitió. Exigirle a tu papá hoy que sane tu niña interior es pedirle agua a un pozo que seco. Cuando dejas de pelear esa guerra antigua, el patrón se rompe.


Saber por qué sufres no te ayuda a mejorar. El cuerpo es el verdadero guardián del trauma y de la calma. Integrar aprendizajes no es acumular datos, es liberar tus tejidos y en esto la terapia psicológica profesional es FUNDAMENTAL. Te invito a pasar del entendimiento intelectual, a la experiencia física que realmente libera. 



Propongo una pausa de 10 minutos al final de tu día, en un espacio tranquilo y libre de interrupciones:


  • Paso 1: Siéntate con la columna recta y los pies firmes en la tierra. Cierra los ojos y lleva la atención a los puntos de contacto de tu cuerpo con la silla, el cojín, el piso. Trae a tu mente a tu papá. Si esta parte del ejercicio te genera una incomodidad difícil de sostener, detén el ejercicio aquí y busca un espacio terapéutico profesional.


  • Paso 2: Lleva una mano a tu abdomen alto,arriba del ombligo y la otra al centro del pecho. Respira de forma pausada, expandiendo el abdomen al inhalar y recogiéndose suavemente al exhalar. Siente cómo el calor de tus manos va entrando, observa cómo sientes el cuerpo, donde hay tensión, cosquillas, calor, frio, solo observa.


  • Paso 3: Imagina por un momento a tu padre, pero no hoy. Míralo como un niño de seis años en su propia infancia. Observa a sus padres, los miedos, las carencias y el contexto de su época. Nota cómo cambia tu sensación del cuerpo. cuando lo miras desde su vulnerabilidad humana.


  • Paso 4: Imagina al inhalar, una luz verde suave con el centro blanco, fresca y balsámica que inunda tu pecho y tu estómago, calmando tu sistema nervioso. Al exhalar imagina como sale de tu cuerpo todo sufrimiento y pesadez, con un color gris.


  • Paso 5: Quédate un minuto en silencio, observando el espacio que se crea. Al final, si quieres, puedes escribir lo que has sentido en el ejercicio cada día que lo haces, muy probablemente vas a encontrar sorpresas.


Deja de ser una espectadora pasiva de tus dificultades. Comienza hoy con este ejercicio, observa cómo reacciona tu cuerpo y comparte esta lectura con esa mujer —tu amiga, tu hermana, tu colega— que vive agotada por sostener un estándar insostenible. Comencemos a mover la energía que nos congela.





 
 
 

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